Rogerio Melfi
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13/04/2026 · Artículos

No existe un único modelo que seguir

No existe un único modelo que seguir

Por Rogério Melfi, embajador de IA4FIN.

El debate sobre la regulación de plataformas digitales y, más recientemente, de la inteligencia artificial suele organizarse a partir de tres modelos consolidados: el estadounidense, orientado al mercado y la autorregulación; el europeo, estructurado sobre derechos y principios; y el chino, marcado por el control estatal y la integración entre regulación y política industrial. Aunque este encuadre ayuda a comprender la evolución reciente del tema, resulta insuficiente para explicar lo que ocurre en un conjunto creciente de países que no se reconocen plenamente en ninguno de estos enfoques.

Se observa la aparición de nuevos arquitectos de lo digital: mercados en construcción que operan bajo restricciones estructurales relevantes, pero que, al mismo tiempo, afrontan una necesidad más inmediata de transformar tecnología en desarrollo económico. En estos contextos, la regulación deja de entenderse solo como instrumento para contener riesgos y asume un papel activo en organizar capacidades, inducir inversiones y construir infraestructura tecnológica.

En Estados Unidos, la tradición jurídica privilegió la innovación y la expansión del mercado, con fuerte protección a los intermediarios y una regulación fragmentada entre distintas agencias. En la Unión Europea, en cambio, se consolidó un enfoque integral basado en principios, con énfasis en proteger derechos fundamentales y estandarizar la regulación, proyectando sus efectos más allá de sus fronteras. En China, la regulación se inserta en una lógica más amplia de planificación estatal, donde las plataformas digitales son simultáneamente motores de crecimiento económico y objetos de disciplina política y estratégica.

Estos modelos responden a trayectorias institucionales específicas y por eso no pueden trasplantarse sin más a otros contextos. Para los países en construcción digital, la cuestión central no es elegir entre libertad de mercado, protección de derechos o control estatal, sino encontrar un equilibrio entre innovación, soberanía y competitividad en un entorno marcado por limitaciones de capacidad y asimetrías estructurales. Este equilibrio se manifiesta en dilemas recurrentes, como estimular ecosistemas digitales sin renunciar a salvaguardas esenciales, o preservar el control sobre datos e infraestructura sin comprometer la integración con redes globales de tecnología e información.

En este escenario es fundamental reconocer la naturaleza dual de la regulación. Junto a la gobernanza y la mitigación de riesgos existen instrumentos para promover la inclusión, desarrollar infraestructura, formar capital humano y crear condiciones favorables a la innovación. Esta dimensión es especialmente relevante en mercados que aún consolidan sus bases digitales, donde la ausencia de políticas de incentivo puede limitar tanto como el exceso de restricciones.

En este contexto, muchos países han optado por iniciar su camino regulatorio mediante marcos, directrices y entornos controlados de experimentación, como los sandboxes regulatorios, en lugar de adoptar desde el principio legislaciones rígidas e integrales. Este enfoque permite mayor flexibilidad ante la velocidad de transformación tecnológica, reduce el riesgo de obsolescencia normativa y amplía la capacidad de aprendizaje institucional a lo largo del tiempo.

Las estrategias nacionales reflejan esta diversidad de caminos. Algunos países apuestan por combinar escala y desarrollo de talento local; otros priorizan ganancias de productividad o inversiones en infraestructura computacional. En todos los casos, la regulación aparece integrada en una estrategia más amplia de desarrollo económico y posicionamiento competitivo. No hay convergencia en torno a un modelo único, sino adaptaciones orientadas por las condiciones y prioridades de cada contexto.

Al mismo tiempo surge un riesgo relevante asociado a adoptar modelos externos sin análisis crítico. Importar estructuras regulatorias sin adaptarlas debidamente tiende a producir dependencias que van más allá de las normas y alcanzan la infraestructura tecnológica, los estándares operativos y los flujos de datos. En este sentido, la regulación puede dejar de ser un instrumento de organización del mercado y convertirse en un vehículo que reproduce asimetrías, especialmente en un entorno global donde sigue siendo elevada la concentración de capacidades tecnológicas.

Brasil ocupa una posición particular en este escenario. Por un lado, dispone de capacidad institucional relevante y de una historia reciente de innovación regulatoria, evidenciada por iniciativas que alcanzaron escala y reconocimiento internacional. Por otro, afronta desafíos vinculados a la complejidad normativa y a la necesidad de coordinar distintas agendas regulatorias. En este caso, el riesgo no está en la ausencia de regulación, sino en su fragmentación y en la dificultad de articular estratégicamente sus distintos instrumentos.

Construir una política regulatoria eficaz para inteligencia artificial y plataformas digitales exige, por tanto, más que adoptar modelos preexistentes. Requiere articular mecanismos de gobernanza, instrumentos de incentivo al desarrollo y estrategias de inserción competitiva en el entorno global. La experiencia internacional indica que no existe un camino universal que seguir, sino la necesidad de combinaciones distintas, ajustadas a la capacidad institucional, la estrategia económica y la etapa de desarrollo tecnológico de cada país.

En este contexto, regular la inteligencia artificial deja de ser una elección entre modelos listos y pasa a ser una construcción estratégica en la que cada país define, desde sus propias condiciones, el equilibrio posible entre innovación, protección y competitividad, reconociendo que ese equilibrio no es estático, sino que evoluciona conforme se transforman las capacidades nacionales.

📌 Artículo publicado originalmente en IA4FIN